El manglar de la costa no es un terreno vacío
Entre las raíces vive la pesca chica, la guarda del oleaje y un límite que no se ve en el mapa de un relleno.
Desde la carretera el manglar puede parecer un monte inundado, un lote que todavía no decidió qué ser. Desde el estero es otra cosa: raíz, cangrejo, pesca de orilla y una barrera blanda contra el oleaje. Quitarlo no abre un terreno neutro. Abre un hueco donde antes el agua llegaba más despacio.
En la costa ecuatoriana esa discusión no es nueva. Camaroneras, puertos, vivienda y el propio manglar se han disputado el mismo borde. Cada uno tiene un argumento de trabajo. El manglar tiene, además, un argumento de física: cuando la raíz ya no está, la marea entra distinta. Esta nota no reparte la razón de un predio concreto. Dice que el espacio no estaba vacío.
Tampoco hay aquí una guía para entrar al estero ni una lista de vedas. Eso lo publica la autoridad y cambia. Lo estable es el cuidado mínimo de quien vive al lado: no tratar el mangle como leña de paso ni como relleno de fin de semana.
Un país con costa larga puede darse el lujo de olvidar el manglar hasta el día en que el mar se lo recuerda. Contarlo antes es más barato que contarlo después.
Nota de la redacción: este texto es una elaboración de La Crónica. Se apoya en hechos de dominio público y no reproduce despachos de otros medios. No es asesoría financiera, legal ni de inversión. Publicado por Juensy Inc., 1209 Mountain Road Place NE, Albuquerque, NM 87110.